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Búsqueda de casa

Johann Page

L

a miraba cambiar durante las tardes de mayo de manera silenciosa y paciente, cuando el verano culminaba en una Lima de tibias sales y herrumbre, y ya los últimos días de pálido sol desaparecían sutilmente. Era en ellas que podía escucharse su cambio como un lejano murmullo o una ráfaga de viento adueñándose del espacio. Me gustaba oírla, sigilosa, en aquellas tardes, esperando siempre oportuna el momento preciso de alterarse, de revelar ante mí una nueva y desconocida disposición que yo aún ignoraba pero que, sin embargo, me había acostumbrado a esperar casi con ansias. En la mañana del nuevo día, ella me entregaba impasible su nueva decisión, como orgullosos y sonrientes entregan los niños algún negruzco y escurridizo insecto en las manos a la desconcertada madre. Y entonces, tarde tras tarde, aprendí a distinguir su voz de pájaro en vuelo, su silueta marcada entre las sombras de los cuartos y roperos cuyo camino secreto, poco a poco, ella me enseñaba a transitar.

Pero debo admitir que no siempre fue así, no siempre su espacio cubrió con suavidad los bordes de mis días. Quizás por ello las barreras de mi memoria se difuminan sospechosamente cuando intento asir ese momento preciso, esa tarde cualquiera que dejó de serlo gracias a una motivación indistinguible y oculta que en ocasiones se posesiona de circunstancias, de personas; en ocasiones también de algunos objetos. Quizás también lo admita porque probablemente sea esta una manera de encontrar una pregunta a la respuesta de esos días, al llamado latiendo de los puertos ocultos en cada rincón de lo que creemos que permanece; a esa respuesta incesante que ardía junto al sol aquellas tardes de mayo. Lo cierto es que el instante, la hora, la fecha o el día en que ocurrió por primera vez se me confunden inevitablemente; sin embargo, sé con seguridad, gracias a buenas fuentes, que nunca antes había sucedido algo así.

Sé, por ejemplo, que nadie que habitara antes la casa había mencionado siquiera algo semejante a lo que allí ocurría. Nunca hubo quejas preocupantes ni reclamos exaltados; salvo algunas discusiones sobre limpieza de armarios o tuberías, jamás se presentó algún impase con antiguos inquilinos que no haya sido superado con una consecuente victoria. Aun yo, que vivía solo en ella y disfrutaba de su proximidad a las playas limeñas desde hacía ya varios meses antes de que ocurriese, no habría dado jamás crédito a esa posibilidad si es que alguien me la hubiera mencionado. Es por eso que en un inicio me costó un gran esfuerzo, una penosa lucha contra el espejo del día a día, el aceptar esos primeros cambios de la casa.

Primero fue un abrir y cerrar de ventanas a mitad de la noche lo que me reveló movimiento dentro de la casa. Desde mi habitación, me pareció distinguir que provenía de una zona alejada -tal vez cerca a los jardines exteriores, o a las habitaciones de huéspedes, cuyas ventanas dan a una ruidosa avenida principal- pero no salí de mi cama. Nunca he creído en fantasmas ni apariciones; siempre he pensado que lo que no está en este mundo físicamente, aquello que no es palpable, simplemente, o no debiera tomarse en cuenta, o rige inevitablemente el universo y por lo tanto nada hay ya que hacer sino ser pacientes y esperar quietamente sus demandas. Por ello pensé entonces en bandidos, en pillaje, o tan solo en algún matiz del peligro. Después de todo, Lima es una ciudad algo convulsa, incluso en esta zona de Barranco, la que da a Pedro de Osma. Pero abandoné pronto estas posibilidades. Después de algunos momentos, logré conciliar el sueño, y aún recuerdo levemente haber soñado con largas cadenas de hormigas marrones trasladando mi cuerpo de una habitación a otra; caminaban pacientes con mi cuerpo a cuestas salvando diestramente los obstáculos de los pasillos y las puertas con esa envidiable seguridad de hormiga de saber siempre a dónde se va. Sin embargo, en mi sueño, creo haber notado, aunque sin extrañeza, que cada habitación a la que era trasladado era exactamente similar a la siguiente, o al menos parecía serlo. Al despertar, recuerdo haberme quedado buen rato en la cama cubierto con esa colcha espesa de lana roja que tanto me gusta y con una débil y adormecedora cosquilla en la espalda.

Sin embargo, nada encontré esa mañana fuera de su lugar. No había rastro de mayor registro entre cuadros, papeles o libros; solo reinaba en mi despacho el desorden habitual del que soy presa desde hace ya varios años y que, a pesar de que llevaba únicamente nueve meses allí, tristemente había trasladado a esta casa. Solo recuerdo de esa ocasión haber confundido (al menos eso era lo que pensaba) la ubicación correcta de un par de habitaciones a las cuales casi nunca ingresaba -todavía en esos nueve meses no había terminado siquiera de reconocer adecuadamente toda la vivienda-, pero aquello no me pareció algo grave en ese instante. Retorné luego a mis labores diarias sin más ánimo de pensar en lo ocurrido. Era domingo -de ello sí estoy seguro- así que pasé lo que restaba de aquel día trabajando alegremente en los pequeños rosales del jardín. Curiosamente, encontré que algunos de mis favoritos tenían, a pesar de mis diligentes cuidados, delgadas hileras de diminutas hormigas caminando entre las hojas, así que tardé algunas horas más en limpiarlos con mucho cuidado. Durante los próximos días no volvieron a escucharse, ni de día ni de noche, sonidos similares.

No fue sino hasta un año después, un día en que regresaba de la escuela a corregir los exámenes de mis alumnos, que noté certeramente la primera transformación. No había duda. No podía negarlo. Imposible ingresar a la casa si no era por el amplio recibidor donde yo colgaba diariamente mi saco y mi sombrero; luego, o doblar a la derecha atravesando la puerta grande en dirección a la cocina, cuya puerta falsa daba a Pedro de Osma, o quizás avanzar unos pasos y luego doblar a la izquierda, donde se extendía ampliamente el comedor y la sala rodeada de algunos cuadros que tanto elogiaban algunos amigos cuando venían a la casa (en realidad solo estuvieron aquí dos veces: cuando mamá murió, y la trajeron de Ayacucho, lo que había ocurrido hace un año, pocos días antes del suceso de las ventanas, y un día, no hace mucho, en el que solo estuvieron unos minutos sentados mientras se miraban rígidos entre ellos a la vez que observaban con angustia el cuarto donde había tenido que recibirlos lleno de ollas y enseres -que era la sala, en verdad lo era- y luego se marcharon presurosos, quizás por incomodidad, por mi aspecto, no sé).

Sin embargo, aquel día, al intentar ingresar a la casa, percibí ya desde afuera la inminencia de algo distinto. Vi, al entrar, objetos inconfundibles extraviados por todos los rincones; los había de cualquier tipo: lámparas, cuadros, camas, libros, estantes, vajillas, etc. Pero para mi mayor sorpresa, si bien los objetos se encontraban en un lugar absurdamente distinto al de su posición original, estos aún conservaban un orden preciso, el que tenían en aquella habitación a la que pertenecían en principio, aquí un cuadro y a su lado una repisa, o tal vez un armario junto a su respectiva alacena, en fin. De esto no me di cuenta sino minutos después, cuando encontré -luego de atravesar lo que debía ser la sala o el comedor y subir por las escaleras- mi habitación invadida por ollas, repisas y demás trastos pertenecientes a lo que debía ser la cocina; incluso el mesón de roble se encontraba allí, en medio del cuarto, dejándome pasmado y sin argumentos. Sin embargo, nada hubiera hecho sospechar a algún desconocido que aquella distribución tenía algo de extraño. Pero era mi habitación y era mi casa. Yo lo sabía.

Luego de sentarme y repasar cautelosamente los daños, descarté algunas poderosas razones para abandonar la casa. ¿Quién habría sentido entonces alguna inclinación por lo contrario? ¿Quién habría percibido en aquella tarde algún posible mensaje abandonado entre los innumerables cambios practicados por la casa; un mensaje enviado como una sonrisa o una tenue caricia arrojada por la inclemencia de los años, una señal de afecto desvirtuada de la normalidad que no asiste a los canales comunes pero que se nos hace presente con la tenaz fuerza de lo evidente, de lo irrefutable? Aquella tarde de mayo en la que el calor se desvanecía con las luces del día, yo alojé aquella duda en mi mente como una vez la casa lo hizo conmigo, albergándola de manera resignada frente a la posibilidad del ingrato vacío o la locura. Quizás como hacemos con todo para sobrevivir, a fin de cuentas.

Sobrevinieron entonces días distintos y, quién sabe si no, días felices. Días en los que se alternaban el miedo y la sorpresa con mi quehacer diario, con mis estudios y traducciones abandonadas y mis reducidas compras en la pequeña bodega de la cuadra. Durante las siguientes tardes de ese mes, de manera rigurosa y estricta, ella representó ante mí un sinnúmero de juegos y equivalencias que se me hacían manifiestas quizás por algún pequeño recurso convertido en un débil ruido en las paredes, o el lejano quebrantamiento de algunos vasos (debo decir que ella nunca fue infalible en sus cambios, cosa que en vez de molestarme curiosamente me alegraba; quizás porque con ello yo sentía su error como un posible sinónimo de voluntad, de una incipiente cercanía). Era esa la señal que ella entonces me enviaba y con la cual se estableció, lamentablemente solo en aquellos meses de mayo, un diálogo fiel y secreto entre un hombre y su casa; un diálogo cuya naturaleza clandestina se manifestaba en una ciudad que nunca terminaba de nacer. Lima, como todas las ciudades, es una jaula con puertas abiertas; una jaula cuyo vientre era testigo de un matrimonio insólito y escandaloso, de una relación grosera y poco civil -así pensarían los ingenuos- que motivaría más al desprecio que a la necesaria comprensión.

Yo la veía cambiar cada tarde y ella cambiaba para mí. A veces, jugábamos a que yo adivinaba la futura disposición, y aunque casi nunca acertaba, aquello siempre fue motivo de alegría más que de aflicción, de risa más que de espanto. Y es que el momento exacto del cambio jamás fue del todo perceptible. Yo solo debía esperar aquellas señales que he mencionado mientras, distraído, preparaba algo en la nueva habitación en la que se encontraban los utensilios de la cocina o trabajaba en mi "nuevo" despacho en alguna imposible traducción. Corregía ilegibles tareas de algunos de mis tantos alumnos esperando esas señales con ansias, casi con angustia al ver que mayo terminaba y el aire se helaba cruelmente sobre mis hombros gastados. Desde las ventanas del segundo piso observaba las calles agonizar allá afuera sin posibilidades de salvación; miraba a las personas caminar de un lado a otro con prisa, siempre civilizadas con trajes pequeños y largas corbatas, caminar acompasadas a las hormigas -aún persistentes en mis rosales- y a su fúnebre paso y me preguntaba qué pensarían ellas de mí, sospecharían siquiera de aquella diferencia sustancial que me alejaba imperceptiblemente de ellas, sabrían algo realmente de aquel viejo y maloliente maestro cuyo único aparente movimiento se reducía al viaje de la escuela a aquella casa antigua mientras, aquí dentro, jugábamos esa misma casa y yo a sorprendernos cada día, a asombrarnos humanamente sin tregua el uno al otro.

Y así, como se alejan los alumnos cada año, varios mayos se extinguieron. Desaparecían en silencio dando paso a un junio de angustias y esperanzas que, aunque uno luchara incansablemente contra ellas, siempre retornaban infalibles e incluso con mayor intensidad a medida que otro año avanzaba. Luego la escuela, las compras, los días sin mayor cambio y las tristes traducciones inacabables que se apilaban sobre el escritorio; el jardín -extrañamente jamás alterado- el cual crecía en belleza y en necesidad de cuidado además, y nuevamente el desorden, ese prolijo caos solitario que no abandona así lo desee uno o no. Recuerdo algunos años incluso en que tenté alguna que otra remodelación en la casa por el afán de hacer más corta la espera. Sin embargo, abandoné pronto la tarea, tal vez porque un fugaz sentimiento de profanación se adueñaba de mí en el preciso instante en que cambiaba una cortina o intentaba retirar algún derruido tapiz.

Y a pesar de todo, ahora que lo medito con una prudente e inevitable lejanía, ni siquiera recuerdo las exactas razones que motivaron aquel grave desenlace. Solo recuerdo un mayo no muy lejano, común como cualquier otro, la casa, sus cambios y yo. Casi no puedo distinguir bien si fui yo el intolerante o si fue ella la incomprensiva. Lo cierto es que en esas tardes de aquel funesto mayo, yo había enfermado de una gripe que no me abandonaba (lo atribuía al molesto cambio de clima que Lima les propina a sus habitantes) y me vi obligado a permanecer casi inmovilizado en cama varios días. Sin embargo, esto no fue motivo para que la casa detuviera nuestro juego. Y probablemente porque yo no correspondía a sus llamados debido a mi convalecencia, fue que ella insistió más aún en ello. Llegó entonces una tarde, ya casi al final del mes, en la que los cambios se daban con una frecuencia vertiginosa; primero al inicio de la tarde, luego pasados unos cuantos minutos, nuevamente unos cambios más, cada uno más abrupto que el otro. Desde afuera nadie habría podido sospechar siquiera el dinamismo secreto que navegaba en cada una de las habitaciones de la vieja casa; por ello, nunca hubo repentinas molestias, rostros inquietos acercándose a las ventanas.

No supe bien qué hacer. De pronto me vi envuelto por un caótico llamado que resbalaba entre mis dedos como una insostenible arena caliente. Recuerdo haberle pedido desde mi cama que se detuviera, pero al parecer mis llamados reforzaban sus intentos para que yo participase del juego. Me levanté, enfermo como estaba, y abandoné mi habitación; ni siquiera pude notar claramente al salir cuántos cambios ya se habían dado, solo sentía un leve mareo, un sonido incesante en las paredes y la caída estrepitosa de algunas cosas pertenecientes a los cuartos. Entonces, en medio de aquella confusión, un pensamiento atemorizante pasó repentinamente por mi mente. ¿Cuántos años de entrega serían suficientes para ella y nuestro juego? ¿Es que acaso existía siquiera la posibilidad de renuncia a todo ello? Jamás había pensado hasta entonces en qué hubiera ocurrido de haber censurado aquellos cambios, si hubiese declarado aquella situación como inaceptable y hubiese decidido no participar más de ella. ¿Acaso podría tan solo elegir, elegir abandonarla, librarme de su presencia o de su mirada constante? El humano murmullo de mi libertad se me presentó entonces como un grito ensordecedor que destruía mis agotados oídos. Sin embargo, creo que lo que sentí, en realidad, fue temor. Temor de verme atrapado por una presencia que yo mismo había permitido adueñarse de las circunstancias; quizás temor de verme muerto por aquella misma presencia.

Pensaba en todo ello a medida que se intensificaban los cambios y era ya prácticamente irreconocible la casa. De pronto, parado allí en medio del aquel bullicio, vi cómo una lámpara de las más grandes se presentaba de pronto en frente de mí como cuando se abre un telón y al mismo tiempo perdía el equilibrio cayendo estrepitosamente a mi lado. Di entonces unos pasos y, desesperado, grité a la casa que se detuviera. Grité con todas mis fuerzas. Grité y mi voz opacó el bullicio anterior hasta extinguirlo. Luego, reinó un inquietante silencio a la vez que desaparecía lentamente el sonido en las paredes. Al día siguiente, al despertar, encontré la disposición original de la casa, tal y como la había encontrado ese primer día en que puse un pie en ella.

 

Acá en Lima uno se mira las manos y acaso sienta que nada haya cambiado; que quizás nada se haya trasladado sospechosamente desde posiciones originales. Aquí la ciudad y su infinita bulla, mis dedos, aquí mis manos y las hormigas peregrinas de mis rosales; aquí la casa. Todo esto uno lo piensa una y otra vez y siempre parecen repetirse las mismas e inevitables consecuencias. Pero la casa nunca más volvió a cambiar. No lo volvió a hacer desde entonces, desde aquella tarde en que dudé de su voluntad y de su esfuerzo. Nunca he vuelto a aventurar desde esa fecha ningún tipo de remodelación o de cambio. Pienso en ella ahora que continúo trabajando en mis traducciones, en la escuela o mientras veo a los niños jugar a esconderse, a veces incluso hasta hacerse llorar. Y sé que solo vive quien mira siempre ante sí los ojos de su aurora. Pienso en ella entonces mientras camino por sus habitaciones, ahora en absoluto y fúnebre silencio, y me pregunto qué habría sido de ella sin mí o de mí sin ella; qué habrán significado aquellas alteraciones como gritos de angustia que se daban una y otra vez frente a mí. Pienso ahora en lo que realmente habrá buscado ella con cada uno de esos llamados, quizás tan solo un recuerdo, quizás compañía, quizás tan solo la posibilidad de un nombre.

Pero, probablemente -ahora ya puedo admitirlo- nunca sepa exactamente en qué consistía aquella tenaz búsqueda, esa llamada agitada arribando a mis puertos más ocultos. Probablemente solo pueda pensar en ella ahora que se termina el verano nuevamente y yo camino atravesando la tarde mirando cómo el sol declina en las calles; observo a las personas y entiendo ahora que envejecer es distraerse, que mi camino de hormiga se ha detenido y me ha abandonado. Veo a las personas a mi lado y ya no me pregunto qué pensarán ellas de mí; es más, ni siquiera sé por qué habrían de preguntarse algo, si ahora cuido mis rosales con mayor fruición y llego a casa sin que sea aún de noche en Lima y visto como ellas de traje grande y corbata pequeña, si es que a fin de cuentas, en estas cálidas tardes de mayo que ya van enfriándose, el mañana siempre será una excusa, y los caminos a casa, los que a veces olvidamos (y de pronto todo se quiebra un segundo, el asomo de lo que yace) duermen ocultos en las calles y se asoman callados cada tarde. Y un día habrán de dormir profundo, profundo, y será largo el regreso.




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