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Judas

Raúl Matas

H

Pensaba en la noche sumido aquella silueta semi recortada en gris y blanco azulado que si lo traicionaba sería condenado para siempre al averno, donde sería devorado por Satanás, al lado de los peores seres humanos que existieron nunca. Terminaría en los infiernos de una oscuridad superlativa, sufriendo el escarnio eterno de los que mancillaron a los santos y a los grandes hombres de Dios. Sería el que traicionó al más santo, al hipersantón. Su persona sería sinónimo de la perfidia y la bellaquería, denominación de origen de la vileza, sería convertido su nombre en insulto por autonomasia, en el peor insulto que nunca nadie pudiera pronunciar ni recibir. Pero, ¿y si todo era una gran mentira? Todo podía ser perfectamente falso y entonces poseería en sus manos un buen puñado de oro para su familia que sufría la penuría y degustaba el escaso manjar de una hogaza de pan y tres pescados por día. Con aquel dinero podría vivir parcialmente bien un buen tiempo, él, su mujer, sus pequeños tres hijos cansados de hambre. Aquel Maestro de maestros sólo había hecho que sermonear un nuevo Reino y hacer milagros que bien podrían ser bulos. Había visto muchos falsos profetas en muchas ocasiones y las palabras de aquél al que llaman el hijo de Dios sólo eran palabras y no alimentaban la barriga, su seguidismo hacia él no le dejaban tiempo para pescar y el vientre vacío dolía más que la necesidad de una salvación eterna que no estaba garantizada. No dejaba de pensarlo, se retorcía en dudas mientras su estómago se dislocaba nervioso sin poder dormir el sueño de la tranquilidad de la decisión.

Pensó que si aquél era el que decía ser su teórico Padre le salvaría al final, no lo iba a dejar morir como un vulgar delincuente, pensaba que si lo hacía, si lo traicionaba y era muerto por los romanos resucitaría y llegó a pensar en un ataque de narcisismo sin precedentes que una muerte en la cruz sería un buen epitaceo para un personaje que quería ser coronado Dios, que ese drama épico de una muerte martirizante al estilo de los grandes mitos era lo único que podría sacarle del ostracismo de la Historia, que sin él no existiría una religión entera en el futuro, que sin él las gentes se olvidarían del llamado Salvador en unos años más o menos, que su alevosía despreciable era de un imprescindible total, que toda la Historia del mundo podía ser diferente según lo que él, un simple pescador, decidiese. Estaba en su mano de trabajador del mar, en su mano resquebrajada por la sal. Debía crear una religión que llegaría a dominar medio mundo, hacerle el gran favor a ese Dios acomplejado que predicaba su hijo o morir de hambre en el más oscuro de los anonimatos. Paseaba por un camino de olivos, a solas, hacía frío y estaba solo como nunca lo estuvo, atormentado porque bajo su alma, sobre sus espaldas cansadas recibía el peso de un fardo de responsabilidad en una decisión de tamaño gigantesco, desmesurado, exagerado, su ensimismamiento no le permitía ver el claro de luna que asomaba por una nube, alumbrando tenuemente el polvo y las piedras del camino desértico de la madrugada. Su corazón le decía que no tenía por que hacerlo, pero ese Dios que su maestro predicaba con vehemencia lo necesitaba para su última orgía de plenitud y sacrificio por la humanidad entera, sin él, no habría futuro, era la piedra angular del cristianismo, el ser perverso que debe existir para que existan los impíos de alma, igual que como el demonio es imprescindible para habilitar el bien y la virtud igual el mal es necesario para que más reluciente, en contraposición a las sombras, se yerga enhiesta la suprema virtud. Él era la antítesis del amor predicado, el perverso de los zafios, decidió que no le quedaba otra alternativa que convertirse en si mismo, en Judas.

Así me divierto a veces, pensando por otros en el caso que hayan existido y si lo hicieron, existir digo, es igual, porque en nada cambiará nada, quería ser Judas un rato y ver su lucha por la traición. Era un personaje necesario para que el puzzle de la epopeya bíblica tuviese el final digno de lo que fue, y así fue o parece ser que fue, como siempre, el demonio del terror malo, malísimo y las más bajas tendencias humanas existen para que existan los puros de alma, espíritu y beatitud, es el negocio, sin mal, no hay bien y en el presente se continua explotando como una máxima imprescindible y peligrosa.


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