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Entrevista a Eduardo Chirinos

Luis Miguel Hermoza M.

P

regunta: Su último libro No tengo ruiseñores en el dedo , puede entenderse todo él como una reflexión sobre el acto de crear. Sin embargo, este tema es una constante en su poesía que puede observarse desde sus primeros libros. ¿Cuál es la visión y experiencia que posee en la actualidad sobre el acto de crear? ¿En qué medida dicha visión y experiencia ha variado con el paso del tiempo?

Respuesta: A diferencia de la reflexión científica -encaminada a encontrar verdades, aunque sean provisionales- la reflexión sobre el acto creativo se encuentra encaminada (estuve a punto de escribir condenada ) a formular preguntas. Naturalmente, estas preguntas dialogan con aquellas que son formuladas desde el pasado, desde otras lenguas e, incluso, desde otras disciplinas, incluyendo, por qué no, a las científicas. Son ellas las que delinean el modo en que inscribimos nuestra vida y nuestro lenguaje en la existencia. ¿En qué medida esta visión y esta experiencia han variado con el tiempo? Sólo puedo decir que las preguntas que he venido haciendo desde que publiqué mi primer libro, lejos de agotarse, se han renovado y abismado. Parafraseando a Bécquer podría decir que mientras no existan respuestas en el mundo, habrá poesía.

Asimismo, la frustración ante la palabra negada, la búsqueda de la palabra y sus limitaciones abren, acompañan y despiden al lector en No tengo ruiseñores en el dedo . ¿Es el tema que más obsesiona a Eduardo Chirinos en la actualidad? ¿Hay que escribir y publicar durante 25 años para caer en la cuenta de que la gesta es imposible? ¿Cómo siente y afronta Eduardo Chirinos esta confrontación con las limitaciones del lenguaje?

El viejo tema de las limitaciones del lenguaje y de la sabiduría del silencio -al que he dedicado un libro titulado La morada del silencio ( FCE, 1998) y muchas reflexiones- no debe ser confundido con las limitaciones de la poesía, ni mucho menos con las limitaciones del poeta. Desde Vallejo sabemos (con qué dolorosa certeza sabemos) que nada de lo que escribimos va ingresar en el ansiado paraíso de los significados puros: los poetas no son más que obreros cuyas herramientas laboran con los significantes de siempre; pero la poesía ("la perra infecta, la sarnosa poesía" como la llama un poema de José Emilio Pacheco) es capaz de registrar para siempre los más espectaculares fracasos. Me obsesionan esos espectaculares fracasos.

Cuando comenzó a publicar sus primeros libros, ¿guardaba más confianza en la palabra y en la poesía? ¿Cuál era su experiencia al respecto? ¿Cuáles eran las otras preocupaciones literarias y poéticas que acosaban a Eduardo Chirinos en su juventud?

Cuando tienes diecisiete años puedes creer con humildad y soberbia que la poesía puede reemplazar el espacio que le corresponde a la felicidad: ella hace más soportable cualquier tristeza, alivia el más rotundo rechazo, acompaña la más orgullosa soledad. En mi juventud no supe estar en guardia, por eso viví plenamente esa única y absorbente felicidad. Es el canto de sirena que debemos escuchar para condenarnos después.

Casi simultáneamente a la publicación de No tengo ruiseñores en el dedo se celebró el 25 aniversario de la publicación de su primer libro, Cuadernos de Horacio Morell (Trompa de Eustaquio, 1981), con una reedición de este por la editorial Estruendomudo, de Lima. ¿Qué significó para usted dicha reedición, dicho encuentro con su primer libro?

Que todavía sigo viviendo esa felicidad. De manera más escéptica tal vez, pero la sigo viviendo. Por otro lado, el hecho de que los más jóvenes se reconozcan en la lectura de los Cuadernos de Horacio Morell me dice que no poseo ningún derecho sobre ese personaje y su obra. Que se debe con toda justicia al lenguaje, no a lo que yo pretenda o quiera pretender de él.

¿Quién es (o fue) Horacio Morell?

La ficción de mis propios miedos, la cara secreta de mis propios fracasos. Si adolescente es el que adolece, Morell fue el adolescente por excelencia. Pero no un adolescente trágico y sombrío, sino juguetón y divertido. Tal vez sea innecesario aclarar que ese aspecto juguetón se debía a su frágil conciencia de que jugar es someterse a reglas para poder divertirse; es decir, diversificarse en otros, en los múltiples lectores que se reconocen en él. Incluyéndome a mí mismo.

No tengo ruiseñores en el dedo es también el título de la cuarta parte del libro, que se abre con el poema "Horacio Morell". En este texto, refiriéndose a Horacio Morell, se puede leer: ".no eres lo que quise que fueras./ No eres/ quien fui para que fueras.". ¿Ha sido dura la reconciliación con Horacio Morell? ¿Por qué? ¿En qué consistió esta reconciliación?

Por supuesto que ha sido dura. Para ser, Morell tuvo que ponerle punto final a su existencia, y lo hizo sin ninguna concesión. Su deseo (eso lo entendí años después) fue que yo continuara su camino con la misma inocencia que él había mostrado ante la vida y la literatura. Pero con su muerte yo perdí la inocencia. Quiero decir que me volví culpable de algo que todavía no sé bien qué es. Tal vez esa ignorancia decidió que lo releyera y decidiera volver a publicarlo, al tiempo que saldaba cuentas en el poema que citas.

Horacio Morell es, pues, en la obra de Eduardo Chirinos, la primera de tantas máscaras literarias que ha dado a luz la pluma del poeta. ¿Por qué surge la necesidad de crear máscaras para expresarse? ¿Por qué ocultarse para tentar ser descubierto?

Morell fue la primera máscara, es verdad. Y es verdad también que las máscaras (sobre todo cuando están revestidas de otros nombres, sean el herrero del arca o el equilibrista de Bayard Street) sirven para ocultarnos. Pero, ¿acaso el lenguaje no es también una gran máscara que nos oculta? La paradoja es más cruel si consideramos que cuanto más creemos revelarnos en el lenguaje más nos ocultamos en él, hasta el punto que cualquier lector encuentra serias dificultades para unificar en una misma persona al autor civil y a la voz que le habla cuando lee.

Usted ha manifestado varias veces que la máscara, además de ocultar, revela. ¿Cómo se ha manifestado este fenómeno en Horacio Morell y en sus otras máscaras?

Ese es el otro lado de la paradoja. En el caso particular de Morell, su máscara terminó revelando mi incapacidad y desinterés en construir un libro unitario y -como lo llamaban con admiración en mi época- "redondo". La ficción del sujeto unificado y coherente se desbarata con otra ficción: la del sujeto que al saberse muchos y nadie no tiene más remedio que registrar su vacuidad, que es la vacuidad del lenguaje, de los géneros, de los estilos, de las imposiciones de la métrica y de la retórica. Libre de esa tiranía, Morell escribió en prosa y en verso, dejó infinidad de dibujos, fragmentos de diarios, centones, poemas glosolálicos, caligramas, bestiarios inventados, pequeñas historias y hasta una novela en tres capítulos que cabía en dos páginas. Claro que él no pretendía publicar todo eso (era demasiado tímido), pero el complemento de esa ficción es el desdoblamiento del poeta como editor. Otra máscara que funciona en término definitorios: todo poeta es su propio e implacable editor.

¿Sus máscaras, después de ser creadas y mostradas, poseen continuidad, si no pública, al menos privada?

Esas máscaras suelen reaparecer en los poemas y en los escenarios donde fueron construidas. No me refiero a la nostalgia, sino a una conmovedora terquedad contra la que puedo hacer muy poco. En términos privados, sospecho que todas esas máscaras conforman una asamblea que decide cada una de mis acciones, tanto en términos creativos como en aquellos relacionados con la vida diaria. Son tantas, que podría decir que gracias a ellas nunca me siento solo.

¿Cómo cree que reciben sus propuestas poéticas los lectores de su poesía? ¿Siente que los lectores de los primeros libros de Eduardo Chirinos han continuado leyéndolo y siguiéndolo hasta ahora? ¿Qué espera de las nuevas generaciones de lectores que pueden acceder, por fin, a un libro ( Cuadernos de Horacio Morell ) del que siempre oyeron hablar pero nunca pudieron leer?

Aquí hay varias preguntas, algunas de las cuales no me siento con derecho a responder, pues la recepción de los poemas depende de esa intimidad que se produce en el momento en que el lector hace suyos los poemas y los incorpora (si es que los incorpora) a su propia vida. Yo estoy radicalmente excluido de ese proceso, no puedo ni siquiera avizorarlo. Podría, sí, explicar cómo muchos poemas de otros han sabido incoporarse a mi propia existencia, pero no podría explicar el procedimiento inverso por la sencilla razón de que nunca podré estar allí. Estamos solos cuando escribimos los poemas y estamos solos cuando se publican: ellos se van a vivir sus propias vidas y lo único que nos queda es hacerles adiós con un pañuelo, como en el poema de Pessoa. Tal vez el fervor de unos pocos lectores, la certeza de comprobar de que un solo poema hizo más (o menos) llevadera la vida de un desconocido lector, me hace sentir que valieron la pena tantos días y noches de desvelo. ¿Qué espero de las nuevas generaciones? lo mismo que espera cualquier poeta: ser traducido a la sensibilidad de otros tiempos, seguir diciendo la verdad de uno que, a fuerza de ser la de nadie, es la verdad de todos.

Después de 25 años de escribir y publicar poesía, de reflexionar sobre ella, ¿qué puede decir acerca de ésta?

omo te confesaba al comienzo de esta entrevista, seguir dialogando con las viejas preguntas. O, lo que es lo mismo, con mi propia incapacidad para producir alguna respuesta. Espero envejecer escribiendo poemas.


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