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Entrevista a Vicente Verdú

Max Hidalgo/Andreu Jerez

Ya no somos ciudadanos, sino consumidores

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Han pasado tres años desde que escribí El estilo del mundo , y siete años desde que empecé a concebirlo. Aquellas cosas que escribí ya no nos cogen en la inocencia. Es cierto que hace diez años el discurso publicitario todavía tenía alguna credibilidad, pero hoy en día está completamente desprestigiado junto con el resto de instituciones: la política, la universidad...". Con estas palabras podría quedar resumido el nuevo vistazo que echa el escritor y periodista ilicitano Vicente Verdú sobre nuestra sociedad: superado en cierto modo el capitalismo de ficción, que, "surgido a comienzos de los años noventa del siglo XX, vendría a cargar el énfasis de la importancia teatral de las personas", la nueva etapa traería consigo un cambio de paradigma en la cultura: el consumo sigue dominándola, pero la gente ha desarrollado una capacidad de entender el mundo a través de esa cultura consumista. En su nuevo libro Yo y tú, objetos de lujo. El personismo: la primera revolución cultural del siglo XXI (Mondadori), Verdú traza una mirada sobre nuestra sociedad actual: introduce en él nuevas ideas, como el fin de la ciudadanía --«idea del siglo XIX, muy pervertida y rancia», según Verdú-, y nuevos conceptos, como el "sobjeto" -la mezcla entre objeto y sujeto- o el "personismo" -según el cual el nuevo producto estrella del capitalismo es la persona misma-. Y ello, desde el optimismo: «A pesar de todas las simulaciones de las que estamos envueltos, aquí no sólo importan las cosas, sino también las personas».

Durante la entrevista, realizada en el marco del festival "Ganga-à-Porter" celebrado en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) a principios del mes de noviembre, el escritor también tuvo tiempo de abordar otros temas de actualidad como el "Estatut" o la Barcelona post-Fórum.

¿En qué consistiría el cambio de paradigma del que habla en su nuevo libro?

La demanda de objetos ha llegado a un límite, comprobándose que más objetos no conducen a mayor satisfacción. Con ello aparece un deseo de degustación del otro (las comunidades virtuales de Internet, por ejemplo) en una sociedad que, hasta entonces, había descuidado eso en favor del individualismo, la concentración en uno mismo y la desconfianza hacia el otro. Ahora, en cambio, confías más en el otro que en cualquier institución, pues éstas están desacreditadas.

El trato con el otro ahora es diferente. El cristianismo quería hacer del otro el prójimo igual a uno mismo, pero ahora a éste se lo tiene como un objeto. En el libro he introducido, atrevidamente, un término para ello: el " sobjeto ", mezcla del sujeto y el objeto.

Así, en Internet uno se relaciona con el otro de modo que le da satisfacción pero sin complicarse la vida con ello. Es lo que han venido haciendo los americanos con los divorcios desde hace tiempo. ¡Aquí nos empeñábamos en seguir con aquella señora o señor toda la vida, mientras que allí no tenían ese problema! Cuando un aparato no funciona, no hace falta buscar a mecánicos: se tira y se renueva.

Hoy en día tenemos más posibilidad de trabar contacto con los demás, pero estas relaciones son más efímeras, menos complicadas, muchas veces a distancia. Esa demanda del otro, de sus vicisitudes y avatares, está presente en los reality-shows , en cierto tipo de autobiografías. Es todo aquello que tiene que ver con el consumo de la intimidad del otro.

¿Sería posible la rotura de este sistema de "ficcionalización" o "espectacularización", o todo lo que parezca en la escena mediática o pública se convierte automáticamente en ficción?

Creo que ha llegado el momento de aceptar que somos absolutos espectadores, desde el primer momento. Ya no somos ciudadanos, somos consumidores: y no sólo cuando vamos de rebajas, sino constantemente. Somos consumidores y no ciudadanos. Así, si pedimos que la democracia sea de mayor calidad es porque hemos aprendido a ser consumidores: pedimos calidad en los productos según su precio. Si somos ciudadanos que pagamos impuestos y que a cambio pedimos una democracia y unos servicios sociales de calidad, es porque lo hemos aprendido como consumidores. Esa es una absoluta novedad. En cuanto a espectadores, creo que también hemos pasado de la pasividad a la actividad: la televisión premia la pasividad; sin embargo, los nuevos medios de comunicación como Internet o la telefonía móvil permiten una mayor actividad, una mayor productividad del individuo o, al menos, una simulación de la participación.

En esa sustitución del ciudadano por el consumidor, ¿no se ofrecería la prueba definitiva del dominio de la esfera económica sobre la política?

Sí, eso es lo que digo en mi libro. La política es una farsa: es como aquel cuento del pato al que le cortan el cuello y sigue andando. Los políticos tienen sus propios intereses. La política es una perversidad endogámica, una patología. Y eso tiene mucho que ver con el dominio de la esfera económica sobre la privada. Hay todo tipo de connivencias entre las esferas económica y política. Esto ocurre en todas las democracias occidentales: los intereses económicos son los que guían a la política, y pasa en Francia, en España... La corrupción está en todas partes.

¿Y cómo podemos actuar como consumidores?

La idea de ciudadano es una idea del siglo XIX, muy pervertida y rancia. La época en la que el consumidor no había madurado como tal ha sido la del máximo abuso sobre ciudadano. Las únicas esperanzas que hay de mejorar la sociedad son a través de un consumidor exigente.

Entonces, ¿la única manera de manera de influir en el poder y sus mecanismos es a través del consumidor consciente de su naturaleza de consumidor?

Claro: te enteras que Nike está desarrollando unas malas prácticas empresariales y no les compras productos. Se puede disturbar a los políticos a través del boicot a los productos de las empresas que les apoyan.

¿Qué relación guarda el nuevo libro con las ideas que aparecen en El estilo del mundo?

El capitalismo de ficción tiene ahora como producto estrella al otro, a la persona. A ello le llamo "el personismo". El capitalismo de ficción crea la ficción del regreso a la persona. Después del hiperindividualismo de los años 90 pasamos al "personismo", que sería una vuelta a la persona en tanto que simulación, que ficción. La idea de reivindicar la persona, el individuo solitario, parece que ya no sirve. Cada uno buscará sus microcosmos, sí, pero no cual las familias tradicionales, sino microcomunidades con una gran libertad interior como mejor modo de convivencia.

De hecho, esta "desterritorialización" de la que habla sería fruto de unas necesidades de mercado, que necesita el movimiento de cierta mano de obra.

La idea de que el trabajo estaba en tu pueblo ha saltado en pedazos. Todo ello no es aún tan evidente en España. Y seguramente aquí, y en el mundo latino, esto tome una deriva diferente. Se trata de que así como hemos visto tantas copias del modelo anglosajón y americano en otros asuntos de la vida, a este respecto también pasará aquí algo parecido. Así, en EEUU sólo el 10% de la población trabaja en manufactura; el resto, en servicios, y muchos de ellos servicios informáticos, que podrían estar situados en cualquier parte.

¿Esta "segunda realidad" que crea el capitalismo de ficción, no podría provocar un desengaño en la gente al enfrentarse a ella?

Han pasado tres años desde que escribí El estilo del mundo , y 7 años desde que empecé a concebirlo. Estas cosas ya no nos cogen en la inocencia. Es cierto que hace diez años el discurso publicitario todavía tenía alguna credibilidad, pero hoy en día está completamente desprestigiado junto con el resto de instituciones: la política, la universidad. Todas las instituciones se han ido a pique. Por eso habla Touraine del fin de lo social.

Sobre le tema del Estatuto y la polémico entorno a la palabra "Nación", ¿cree que las naciones también forman parte de ese capitalismo de ficción, son una parte más en la construcción de las identidades individuales?

Todo esto del tema del Estatut no es más que una impostura. En cuanto al tema de la identidad catalana, creo que no es más que una cuestión de conseguir más poder para las gentes del gobierno autónomo. Además, o tienes o no tienes tu propia identidad, pero ir a pedir que te la reconozcan en Madrid me parece patético. Otra idea que se me ocurre al respecto, es que Cataluña esté perdiendo su propia identidad: sólo cuando empiezas a perder la salud, te empiezas a preocupar por ella.

En El estilo del mundo afirma que los deportes de riesgo nos acercan a la muerte: ¿quizá sea esta una forma de acercarnos a ella al tiempo que esquivamos a la muerte tal y como es: es decir, el final absoluto de nuestra vida?

La vivencia trágica de la muerte es una cosa completamente ajena a nuestra sociedad. Vivimos en una absoluta comedia: la sociedad del consumo es una sociedad del género de la comedia. La sociedad del capitalismo de producción era una sociedad trágica. Antes el sacrificio, la represión, era la energía de producción: cuanta más represión, más ahorro; y cuanto más ahorro, más capital para invertir. Esa contención era una fuerza de progreso. Ahora, en cambio, el placer es la energía que desarrolla la sociedad a través de esa manifestación extrovertida del consumo, del placer. Si no el consumo de productos, sí el de experiencias.

Por último, y ya que nos encontramos en Barcelona, ¿cree que el Fórum de las Culturas supuso una apoteosis de la "ficcionalización"?

No hay que darle tantas vueltas: el Fórum fue un montaje totalmente vacío con propósitos meramente especulativos. Estuvo vacío desde el primer momento porque no sabían ni lo que allí querían hacer. Concederle al Fórum más tiempo desde una perspectiva teórica es perder el tiempo. Creo que no fue más que un movimiento especulativo que después intentaron revestir. Como pasa con Terra Mítica en Valencia, por ejemplo. La Torre Agbar marca el cambio entre la antigua Barcelona y la que va a ser en el futuro, la que ya empieza a ser: en lugar de construir una ciudad de convivencia y de autorespeto se va hacia una Barcelona del espectáculo. Barcelona va hacia su conversión en un "Superbenidorm", es la ciudad de España que más turismo recibe: ya no te puedes tomar una tapa tranquilamente.


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