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esulta con frecuencia difícil trazar la línea que separa la novela de mercado de las obras mayores, cribar aquellas que envejecerán mal de las que albergan valores estables, suficientes para poder perdurar en el tiempo.
No nos ofrece este dilema la última novela de Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) que en "Fantasmas de invierno" nos enseña que el paso por el cedazo nos puede llegar de forma natural, sin tener que recurrir a complicados ejercicios críticos. Es "Fantasmas de invierno" una novela mayor entre mayores, mayúscula, un cosmos rico que alberga decenas de pequeñas historias palpitando en su interior. Estamos frente a una novela coral, de difícil clasificación temporal ya que está atiborrada de los mejores posos literarios, de finos aromas que aploman y dan peso a una creación que es brillante epígono de otras muchas, porque si algo nos queda claro tras esta novela es que Díez, aparte de escritor excelente, ha sido un lector aprovechado.
Ordial, la verdadera protagonista de la novela, se ha transformado en una ciudad que ya no es León, los personajes ya no acuden al Barrio Húmedo ni a la Plaza de la Catedral , cuesta reconocer algo de la ciudad que aparecía en "Las estaciones provinciales" (1982), han cambiado de nombre sus ríos (son ahora el Nega y el Mórbido) y han ido creciendo alrededor de su viejo esqueleto barrios de nombres inquietantes, El Cieno, Regiones Devastadas, la Cima , Corea, La Consolación , se han adherido a un organismo que de antiguo ha pasado a ser viejo. En "Fantasmas de invierno" de aquel León solo quedan virutas, la nebulosa fundación de la Legio Gémina y la estancia en sus inmediaciones de la Legión Cóndor.
Todo el atiborrado lienzo de "Fantasmas de invierno" está engarzado con una leve punzada argumental, la justa para mantener un edificio complejo, lleno de sobreentendidos y sombras. La llegada del Diablo a Ordial marca el principio de la novela (un diablo humanizado, señorito calavera y baranda que acaba recibiendo una paliza). La ciudad padece el peor invierno desde que acabó la Guerra Civil y queda vacía, incomunicada, se encierra en sí misma en una estación cruel en la que hasta los lobos bajan del monte en busca de comida. Aparece nítida Ordial, la gran protagonista de esta novela, con su cuerpo antiguo y sus barrios muertos, los ríos tristes que arrastran todavía el peso de los cadáveres, los mendigos y los fusilados del treinta y siete comparten espacio en las arcadas del Puente Cíbar.
En ese escenario desolado, en una Ordial que solo se entiende de noche, se cometen unos crímenes atroces, primero un niño del orfelinato y luego un delincuente que asesinan cerca de La Cima. El encargado de la investigación será el comisario Alicio Moro, un policía desengañado, sensible a un desamparo que le pertenece tanto como a la mayor parte de los personajes. Porque será este coro de desharrapados (los niños, los lobos, Mariela, Ovidio...) los que tomen la voz durante la mayor parte de la novela. Incluso los vencedores de la Guerra (Rodolfo Kluber, Voldián Peña...) resultan tan perdedores como los otros, son víctimas todos de una contienda que se diría recién acabada (aunque la acción se fija en invierno de 1947) y cuyas secuelas les reconcomen en un vértigo interior. Los personajes de "Fantasmas de invierno" son títeres que vagan devorados por heridas terribles, tajos que les supuran por dentro y por fuera en cualquier rincón del texto. Ciudad triste y extraña esta de Ordial, oscurecida siempre, con todos sus habitantes en una penumbra que esconde secretos y remordimientos.
En medio de esta noche eterna que parece contener la novela hay breves espacios para el humor, pinceladas de una ironía negra que apenas alcanza para arrancar una sonrisa. Aparecen especialmente en el banquete de inauguración de un embalse, historia con cuerpo propio dentro de una narración, mordaz como el cine de Berlanga, Bardem o Marco Ferreri, una sonrisa benévola para volver a caer enseguida en la aplastante oscuridad que encenaga la novela, para encofrarnos de nuevo en este canto desolador, aparato de una belleza triste, ciega.
Porque la obra, con especial ahínco en sus dos primera partes, es un verdadero ejercicio de belleza, sobria y elegante, sin grandes alardes ni ampulosidades que la vanalicen. Un cúmulo de metáforas presentadas con ritmo salmódico, acordes de obra mayor, con párrafos sueltos enhebrados en rica imaginería castellana, en el camino de la más excelsa escritura de posguerra. En buena parte de la novela vemos en Luis Mateo Díez el más digno continuador de los mejores Delibes y Ferlosio.
Como hemos señalado esta tensión estética decrece en la última parte (Los niños), el autor atenúa la exquisitez a medida que se acerca el final. El ritmo narrativo, hasta entonces pausado y altamente lírico, se acelera y diluye en un tono más prosaico y desenvuelto. Hacia el final el escenario que se nos había mostrado a retazos adquiere continuidad, se acota la belleza en aras de un ritmo más próximo a la novela negra o de misterio, se gana velocidad en el desenlace, como un río que se acerca a la cascada final.
Muy poco que objetar ante una obra plena, llena de talento y serenidad para administrarlo, relampagueante de calidad y belleza sobria y antigua. Luis Mateo Díez, ha creado su "Región", su escenario mítico ha quedado vertebrado, tenemos un mapa de su universo tras este trabajo crucial. Ya puede el autor recorrer sus calles, ahondar en sus personajes, forjar leyendas como Rulfo u Onetti en Santa María, ha creado Díez un organismo rotundo y perverso; triste y sonámbulo, con sus leyes implícitas y ternuras, bello y amargo a la vez, como casi todas las cosas buenas.Necesita algún servicio editoria
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